(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Vale, Noe, ya hemos pensado…
Llevamos unas semanas hablando de parar. De aprovechar el verano para bajar un poco el ruido y pensar en esas cosas que durante el año vamos arrastrando sin demasiado tiempo para mirarlas.
Vale. Ya hemos parado.
Hemos pensado.
Hemos dado una vuelta a lo que sentimos, a lo que queremos, a lo que funciona y a lo que no.
¿Y ahora qué?
Porque a veces pensamos para encontrar una respuesta. Pero otras veces seguimos pensando porque no nos gusta demasiado la que hemos encontrado.
Y ahí podemos ser muy creativos.
Un «quizá». Un «tampoco es para tanto». Otra vuelta más. Y, si hace falta, esperamos una señal del universo suficientemente clara como para no tener que decidir nosotros.
Pero pensar no consiste en darle vueltas a algo hasta conseguir que diga lo que queremos escuchar.
Ya hablábamos la semana pasada de que no todo lo que sentimos debemos seguirlo, ni todo lo que no nos apetece hacer es necesariamente malo. Por eso, a la hora de pensar, hay que poner más cosas en la balanza.
Lo que sentimos, sí.
Pero también los hechos
Lo que está ocurriendo. Lo que hacemos nosotros. Lo que hacen los demás. Lo que realmente hay y no solo lo que nos gustaría que hubiera.
Y esto vale para una relación, un trabajo, una amistad o esa decisión que llevamos meses aparcando porque «todavía no lo tenemos claro».
Porque quizá sí lo tenemos.
El problema es que, mientras seguimos pensándolo, no tenemos que hacer nada. Y aceptar una respuesta significa, muchas veces, tener que decidir qué hacemos con ella.
Eso da bastante más vértigo.
Así que quizá este verano no necesites encontrar ninguna gran respuesta.
Quizá ya la tienes.
Ahora toca dejar de preguntarte lo que ya sabes y decidir qué vas a hacer con ello.
Seguimos.


