(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
El sol, esa maravilla…
Me asomo por la ventana.
Sol.
Miro el móvil:
“Hoy, 23 grados”.
Y algo pasa.
No lo pienso.
No lo analizo.
No hago un ejercicio de crecimiento personal.
Pero… me animo.
Llevo unos días complicados. De esos que dejan posillo.
Ese posillo fino de tristeza que sabes perfectamente de dónde viene…
pero no te apetece ponerte a destriparlo otra vez.
Ahí está.
Sin más.
Y de repente… el sol
Zasca.
No te arregla la vida.
No te soluciona nada importante.
Pero te cambia el gesto.
Y oye… bastante.
Porque luego está el día gris.
Ese que no tiene culpa de nada…
pero tú te levantas torcida.
Con el pie izquierdo, el derecho… y si me apuras hasta con el de otro.
Todo molesta.
Todo pesa un poco más.
Todo parece peor de lo que es.
Y tampoco lo decides.
Pero pasa.
Y aquí viene lo interesante
No es solo el sol.
No es solo la nube.
Eres tú…
afectada por cosas que sabes… pero no siempre gestionas.
Nos creemos muy racionales.
Muy dueños de lo que sentimos.
Muy “yo controlo”.
Ya.
Hasta que sale el sol y te mejora el humor sin pedir permiso.
O se pone a llover… y te entran unas ganas de discutir con la vida que ni te cuento.
Conocerse también es esto.
Saber qué cosas te afectan.
Y no hacerte la sorprendida cada vez.
Que no todo es profundo.
Que no todo hay que analizarlo tres horas.
Que a veces… es cuestión de surfear el día como viene.
Si sabes que el sol te anima… sal.
Si sabes que el gris te apaga… muévete un poco más.
Si sabes que estás rara… no conviertas eso en un drama nacional.
Que sí, que luego están las cosas importantes
Las de verdad.
Pero entre una cosa y otra…
también puedes ayudarte un poco.
Con un paseo.
Con una ventana abierta.
Con un café al sol como si no tuvieras prisa.
No todo es trascendental.
A veces es más sencillo.
A veces… es el sol.
Y tú… que hoy has decidido ponerte un poco de tu parte.


