(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Dicen que el verano rompe parejas
Y no.
El verano no rompe nada.
El verano quita el ruido.
Durante el año funcionamos.
Trabajo.
Rutina.
Prisa.
Y en medio de todo eso, la relación pasa.
Sin mirarla demasiado.
Pero llega agosto.
Y ya no hay excusas.
Hay tiempo.
Hay silencio.
Hay presencia.
Y entonces te ves
Ves lo que hay.
Lo que suma.
Y lo que ya no encaja.
Y claro… incomoda.
Porque hay cosas que solo duelen cuando por fin las miras.
Pero ojo.
No todo lo que aparece ahí es para romperlo.
A veces es justo al revés.
Es para despertarlo.
Para hablar lo que llevas meses evitando.
Para volver a mirarte sin prisa.
Para decidir cómo vais a seguir.
Porque seguir… seguimos.
La pregunta es cómo.
Porque el problema no es ver que algo falla.
El problema es seguir igual después de verlo.
Y quizá el verano no es el final de nada.
Es el momento incómodo que puede cambiarlo todo.
Y la pregunta no es qué vas a hacer en septiembre, sino
qué vais a hacer con lo que habéis visto en agosto.
Quizá sea el momento
de empezar el curso de otra manera.


