(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Ay, que vuelve Septiembre…
Porque llevamos varias semanas hablando de parar, pensar, poner cosas en la balanza, intentar distinguir lo que sentimos de lo que realmente queremos… Muy bien.
Pero agosto se acaba.
Y llega septiembre.
Y con septiembre vuelven los horarios, el trabajo, los colegios, las prisas, las reuniones, los «no llego» y esa maravillosa capacidad que tenemos para volver a meternos en nuestra vida exactamente por el mismo sitio por el que salimos.
Y entonces, todo aquello que teníamos clarísimo una tarde de agosto, dando un paseo o sin hacer absolutamente nada, corre el peligro de quedarse ahí.
En agosto.
Tampoco digo que haya que volver de vacaciones y revolucionarlo todo.
Ni dejar el trabajo, ni cambiar de pareja, ni mudarse a Bali. Que nos conocemos.
A lo mejor no hay que hacer nada de eso
A lo mejor simplemente hay que tener esa conversación.
O cuidar un poco más algo que, pensándolo bien, merece mucho la pena.
Poner un límite.
Recuperar algo tuyo que habías dejado por el camino.
Decir que no a algo que llevas demasiado tiempo haciendo porque sí.
O decir que sí. Que a veces también nos cuesta.
Y también puede pasar otra cosa: que hayas parado, hayas pensado, hayas dado todas esas vueltas de las que hablábamos la semana pasada y hayas llegado a la conclusión de que estás exactamente donde quieres estar.
Pues estupendo.
Porque quedarse después de haber elegido quedarse tampoco es lo mismo que seguir ahí simplemente porque nunca te planteaste moverte.
Al final, quizá de eso iba todo esto de pensar en verano
No de volver en septiembre convertidos en una versión maravillosa, renovada y absolutamente equilibrada de nosotros mismos.
Qué agotamiento.
Sino de que todo este tiempo de parar sirva para algo.
Aunque sea pequeño.
Que cuando vuelva el ruido no se lleve por delante todo lo que hemos visto cuando había silencio.
Septiembre llegará igualmente.
La pregunta es si nosotros vamos a llegar exactamente igual. Yo espero que no.
Seguimos.


