(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Llegan las notas. Y con ellas el lío
En unas casas alegría, en otras bronca, en otras un poco de todo.
Y yo cada vez lo tengo más claro: las notas no son el problema.
El problema es lo que montamos alrededor.
Porque nos pasamos.
Unos días nos ponemos duros.
Demasiado.
Otros… demasiado blandos.
O bronca o “no pasa nada”.
Y claro… así no hay quien se entere de nada.
A ver…
Las notas importan.
Claro que importan.
Hablan de esfuerzo, de trabajo…
de si se han puesto o no.
Pero no son lo único.
Ni de lejos.
A mí hay algo que me preocupa más.
Que no sepan frustrarse.
Que a la mínima que algo no sale… se hundan.
O se rindan.
Porque la vida no va de que todo te salga bien.
Va de insistir.
De volver.
De tragarte algún suspenso también.
Y aquí viene lo incómodo.
Nosotros.
Antes de liarla, igual conviene mirarse un poco.
Sin flagelarse.
Pero sin hacerse trampas tampoco.
Que no somos perfectos.
Yo la primera.
Porque a veces no nos enfada la nota, nos enfada lo que sentimos nosotros con esa nota.
Y eso ya es otra cosa.
Querer bien es complicado.
No es aplaudir todo.
Pero tampoco es machacar.
Es exigir…
y estar.
Decir “esto no está bien”…
y a la vez “estoy contigo”.
Las notas son una foto
Pero lo importante es la película.
Quién están siendo.
Cómo reaccionan cuando algo no sale.
Ahí es donde nos la jugamos.
Así que sí… mirad las notas.
Pero mirad también un poco más allá.
Que a veces el conjunto vale mucho más de lo que parece.


