(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
No sé si es cosa mía…
Hay algo que veo últimamente. Y no sé si es cosa mía… o es que está en el ambiente.
Pero hay un cansancio raro.
No de hacer cosas.
De lo otro.
De empezar mucho… y terminar poco.
De hablar mucho… y decir poco.
De tener mil opciones… y no elegir ninguna.
Vivimos rápido.
Muy rápido.
Todo empieza en dos minutos:
una conversación, una idea, un plan, una relación.
Y todo se acaba igual de rápido.
O peor aún… se queda a medias.
En ese limbo del “ya veremos”
que no es un sí… pero tampoco un no.
Y claro… eso desgasta.
No por lo que hacemos,
sino por lo que no llega a ser.
Nos hemos acostumbrado a tenerlo todo abierto.
Por si acaso.
Por si aparece algo mejor.
Por si esto no es lo suficientemente bueno.
Por si estamos perdiendo algo.
Y en ese “por si” constante… no construimos nada.
A veces no es que no cerremos
Es que cerramos cosas… por si lo que viene es mejor.
Y mientras tanto, lo que sí estaba… se nos queda por el camino.
No es una crítica.
Es una constatación.
Nos cuesta sostener.
Nos cuesta elegir.
Nos cuesta quedarnos.
Porque quedarte implica renunciar.
Y renunciar… no está de moda.
Pero lo curioso es que luego nos preguntamos por qué nada nos llena.
Quizá porque lo que llena no suele ir rápido.
Hay cosas que necesitan tiempo.
Silencio.
Repetición.
Presencia.
Conocer a alguien de verdad.
Construir algo con sentido.
Incluso entenderte a ti mismo.
Nada de eso ocurre en dos días
Y sin embargo… seguimos viviendo como si todo
tuviera que pasar ya.
No sé.
Igual no estamos tan mal.
Igual estamos… demasiado distraídos.
Y quizá por eso, hoy más que nunca, la vida a fuego lento tiene sentido.
No solo para los adolescentes.
También para los que ya no lo somos tanto.
Porque hubo un tiempo en el que las cosas se saboreaban más.
Sin tanta prisa.
Sin tanto ruido.
Con bastante más fondo.
Y quizá no es que antes fuera mejor.
Quizá es que íbamos más despacio.
Y eso… se nota.
¿Tú también tienes la sensación de que todo va demasiado rápido?


