(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Bien, esa palabra que marida con todo
Hay una palabra que en la adolescencia lo explica todo.
Y, al mismo tiempo, no explica nada.
“Bien.”
No es una respuesta.
Es un idioma.
Escena conocida.
Le preguntas a tu hijo:
— ¿Qué tal el examen?
“Bien.”
— ¿Qué tal en clase?
“Bien.”
— ¿Cómo estás?
“Bien.”
Y tú te quedas ahí, mirando.
Porque sabes que ese “bien” puede significar muchas cosas.
Puede ser un dos en matemáticas,
un ocho en sociales
o una excursión de diez días al Himalaya.
Todo cabe en ese “bien”
Por eso desconcierta.
Porque parece una puerta cerrada.
Pero no siempre lo es.
A veces es lo único que saben decir.
La adolescencia tiene algo de eso.
De no tener todavía las palabras.
De sentir mucho… y no saber explicarlo.
De necesitar espacio… pero sin saber cómo pedirlo.
Y nosotros, mientras tanto, esperando conversaciones claras, ordenadas, adultas.
Y claro. No encaja.
Quizá el error no está en su “bien”
Sino en lo que nosotros esperamos de él.
Porque ese “bien” no siempre es distancia.
A veces es torpeza.
A veces es pudor.
A veces es simplemente un “ya te contaré… cuando pueda”.
Y ahí es donde se juega todo.
No en conseguir que hoy te lo cuente todo.
Sino en que, cuando quiera contarlo… sepa que puede hacerlo.
Sin presión.
Sin interrogatorio.
Sin tener que explicarlo perfecto.
Porque hay conversaciones que no llegan cuando uno quiere.
Llegan cuando el otro puede.
Y mientras tanto… lo que sí queda es tu forma de estar.
No invadiendo.
No desapareciendo.
Estando.
Aunque hoy haya sido “bien”.
Y mañana también.
Y pasado… también.
Porque un día, sin avisar… ese “bien” se abre.
Y ahí conviene estar.


