(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Pero no todo lo que emociona es bueno
Tenemos un problema serio.
Si algo te acelera el pulso… parece destino.
Si algo te frustra… parece trauma.
Y así estamos.
Confundiendo intensidad con verdad y comodidad con salud.
Ese chico que te escribe a las 2 de la mañana y desaparece tres días.
Esa montaña rusa emocional que te tiene mirando el móvil como si fuera oxígeno.
Eso emociona.
Claro que emociona.
También sube la adrenalina en una caída libre.
No por eso es buena idea saltar sin paracaídas.
Y al revés.
Decir que no.
Poner un límite.
Esperar.
Ir más despacio.
Eso duele
Duele el silencio.
Duele la renuncia.
Duele no hacer lo que todo el mundo hace.
Pero ese dolor no es tóxico.
Es madurez.
Con los hijos igual.
Si les frustras, “les marcas”.
Si les dices que no, “les limitas”.
Si les quitas el móvil, “les excluyes”.
No.
A veces lo que más les incomoda es lo que más les protege.
Y lo que más les entusiasma es lo que menos les conviene.
¿Es o no es un problema serio?
Nos han vendido que si algo no vibra fuerte, no merece la pena.
Y quizá lo que merece la pena no vibra fuerte… vibra estable.
No arde.
Permanece.
No todo lo que te acelera te construye.
No todo lo que te duele te destruye.
Y aprender a distinguirlo es probablemente una de las decisiones más adultas que existen.
Para ellos.
Y para nosotras.


