(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Antes de echarle la culpa al universo…
Voy a decir algo revolucionario: a veces no estamos locas.
A veces simplemente no nos conocemos lo suficiente.
Porque claro…
Nos creemos mujeres razonables, equilibradas, maduras… hasta que alguien cambia el tono, tarda un poco más de lo habitual o dice algo ambiguo y en nuestra cabeza ya hay guion, casting y banda sonora.
Y luego afirmamos con dignidad: «No, si estoy tranquila».
Tranquila tú… y el volcán pidiendo turno.
El problema no es lo que pasa.
Es lo que yo hago con lo que pasa.
Hay días en los que una frase te resbala. Y otros en los que la misma frase te activa una investigación interna digna de la Guardia Civil.
¿Ha cambiado la frase?
No.
Ha cambiado tu botón.
Y aquí empieza lo interesante
Conocerse no es mirarse el ombligo con incienso.
Es empezar a reconocer patrones sin necesidad de abogado:
- ¿Por qué necesito controlarlo todo cuando me siento insegura?
- ¿Por qué me pongo irónica cuando algo me ha dolido?
- ¿Por qué me hago la fuerte cuando en realidad estoy agotada?
- ¿Por qué defiendo mi independencia con espada láser… y cinco minutos después quiero que me abracen sin preguntas?
No es incoherencia.
Es humanidad con historial.
El día que entendí que yo también funciono por botones
Tenemos botones invisibles
Botón abandono.
Botón injusticia.
Botón “no soy suficiente”.
Botón “otra vez no”.
Y cuando alguien —sin mala intención, a veces sin saberlo— pulsa uno… ¡zas!
Reacción automática patrocinada por experiencias anteriores.
Y tú pensando: «No sé por qué me he puesto así».
Sí lo sabes.
Solo que no te apetecía mirarlo.
Conocerse es aceptar que a veces no reaccionas al presente.
Reaccionas a una versión antigua de ti que todavía no ha terminado de cerrar cosas.
Lo divertido (sí, divertido) de empezar a pillarte
Porque cuando te pillas en directo y dices:
- Ah. Estoy dramatizando un poco.
- Ah. Estoy interpretando más de la cuenta.
- Ah. Esto no va exactamente de hoy.
Te entra una sonrisa de medio lado.
No para castigarte. Para bajarte del pedestal del “yo siempre tengo razón”.
A mí también me pasa.
Hay días en los que soy la mujer firme, centrada, con discurso impecable, y otros en los que estoy dándole vueltas a algo como si me estuviera examinando el tribunal supremo.
Y no pasa nada.
Lo importante no es no reaccionar.
Es no vivir secuestrada por tu reacción.
Porque cuando entiendes tu mecanismo… dejas de echar siempre la culpa fuera.
Y eso no te vuelve fría.
Te vuelve libre.
P.D. (mamás, una cosa más):
Esto que nos pasa a nosotras… también les pasa a ellos.
Nuestros hijos también tienen botones.
Cuando salta el miedo, salta la respuesta.
No siempre es desafío.
A veces es inseguridad con altavoz.


