(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Cuando estás bien, puedes quedarte
Cuando estás mal, no.
No va de postureo.
Va de no quedarte enganchada.
Cuando estás bien —bien de verdad— te puedes permitir un finde entero de sofá, manta y serie regulera.
Perfecto.
Eso es descanso.
El lío empieza cuando no estás bien.
Cuando el día pesa.
Cuando todo está gris.
Cuando el cuerpo pide sofá y la cabeza pide anestesia.
Ahí quedarse no es cuidarse.
Ahí quedarse es empantanarse.
Y lo sé porque lo hago.
Hacer lo contrario a lo que pide el cuerpo
Cuando me veo venir, corto.
En esos días en los que no apetece nada, yo hago justo lo contrario:
- me arreglo más,
- me pongo más mona
(y sí, fotogénica que es una 😜),
- tacón si hace falta
- y me muevo.
No porque me apetezca.
Sino porque no pienso quedarme ahí.
No es fingir que estás bien.
Es no regalarle el día al bajón.
Mover el cuerpo cuando el alma se queda colgada ayuda.
Aunque cueste.
Aunque protestes.
Aunque el día esté gris por fuera… y por dentro.
Y hay días —no siempre, pero los hay— en los que además de moverte toca levantar un poco la mirada.
No al móvil.
No al ombligo.
Un poco más arriba
Porque no todo el empuje tiene que salir de ti.
Y menos mal.
Así que sí: concederte un día malo, ok.
Lo que no es opción es quedarte a vivir en él.
Hoy toca moverse.
Aunque sea poco.
Aunque sea arreglarte y salir.
A veces eso ya cambia todo.
Y a veces… no empujas sola.
#Moverse


