(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Últimamente parece que hay que sentir bien…
Con coherencia. Con madurez. Con sonrisa emocional y cita de autoayuda incluida.
“Todo pasa por algo.”
“Hay que quedarse con lo bueno.”
“Perdona, suelta y fluye.”
Y tú ahí, con tu racionalidad diciendo “sí, sí, claro”, mientras por dentro tu parte humana grita:
“Pues no. Me fastidia. Me duele. Y no me apetece fluir ahora mismo, gracias.”
A veces sabes que algo está bien, pero no se siente bien.
Tu cabeza te lo explica con PowerPoint, pero el corazón va por libre, sin wifi ni lógica.
Sabes que es positivo, que es lo que toca, que todo el mundo te diría “qué bien por ti”.
Y sin embargo… hay una punzada, una rabia, una nostalgia que se cuela por debajo de la alfombra.
Y no pasa nada
Porque sentir —aunque no cuadre, aunque no sea bonito— no es pecado ni error de fábrica.
Es humanidad pura.
Lo sano no es anestesiarte ni fingir que estás zen.
Lo sano es sentir, reconocerlo, y luego decidir qué hacer con eso.
No actuar desde la herida, pero tampoco negar que está ahí.
Porque reprimir lo que sientes te deja fría, pero dejarte arrastrar por ello te quema.
Y en medio… está el punto exacto donde respiras, observas y dices:
“Vale, me duele, pero no me manda.”
Así que no, no pasa nada si a veces la cabeza aplaude y el corazón bufa.
No eres inmadura, ni rencorosa, ni un caso perdido:
eres alguien que siente.
Y sentir —aunque pique, aunque contradiga la lógica—
es lo que demuestra que sigues viva y en proceso, no congelada en modo racionalidad premium.
Moraleja final:
Si hoy te notas un poquito contradictoria, brinda por eso.
Hay cosas que el alma tarda un poco más en entender que la cabeza.
Y mientras llega…
fluye, pero con dignidad.


