(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
La palabra diversidad está en todas partes.
En los colegios, en las empresas, en las campañas de publicidad, en los discursos políticos… parece la varita mágica que soluciona cualquier problema.
Y sí, la diversidad es un bien. El problema es que últimamente la hemos traducido como: todo vale.
Ejemplos reales:
Vale suspender matemáticas porque lo importante es que “el alumno se sienta bien consigo mismo”.
Vale cambiar los baños del colegio porque “hoy me identifico con unicornio”.
Vale reescribir Caperucita porque el lobo puede ofender.
Vale decir que no hay chicos ni chicas, sino “infancias diversas”, aunque después nadie sepa explicarlo en una tutoría.
Y claro, cuando todo vale, al final nada vale. No es diversidad, es confusión con purpurina.
Lo que no es diversidad
No es convertir cualquier capricho en derecho.
No es disfrazar la pereza de libertad.
No es aplaudir todos pensando lo mismo, solo que con pegatinas de colores.
Lo que sí es diversidad
Poder discrepar sin que te caiga encima la etiqueta de intolerante.
Educar sabiendo que un “no” a tiempo también es un acto de amor.
Seguir sentados a la misma mesa aunque no pensemos igual.
La verdadera diversidad no es un cartel ni un hashtag
No se impone a golpe de protocolo ni de pancarta.
Se vive en lo pequeño: en el respeto real, en los límites que cuidan y en la paciencia de convivir con quien no piensa como tú.
Porque no, no todo vale.
Y menos todavía cuando lo que está en juego es nuestra capacidad de educar y de pensar por nosotros mismos.


