(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
No me gustan los adolescentes
(Spoiler: los quiero más de lo que entiendo)
Voy a ser clara, antes de que alguno de mis hijos me desherede:
no me gustan los adolescentes… como concepto.
Como especie salvaje.
Como etapa vital llena de contradicciones, portazos, suspiros eternos y silencios pasivo-agresivos.
Ahora, importante: a los míos los quiero con locura.
Hasta cuando no sé si abrazarlos, esconderme… o pedirles cita previa para hablar con ellos.
Me desconciertan.
Pueden pasar de la risa al drama en menos de un minuto.
Lloran por algo que no quieren contar, y se ríen de algo que no entiendes.
Te cuentan sus cosas justo cuando estás cayéndote de sueño,
y cuando tú tienes tiempo, desaparecen como ninjas emocionales.
Me superan.
Te ignoran, te imitan, te contradicen.
Y justo cuando estás a punto de rendirte y decir
“me da igual, haz lo que quieras”, te sueltan un: “¿me puedes ayudar?”
Y claro… se te cae la bronca al suelo.
Me interpelan.
Tienen un detector de incoherencias más fino que un detector de humos.
Si dices algo que no haces, lo saben. Y te lo echan en cara.
No se tragan los discursos. Quieren verdad. Cruda, real y sin powerpoint.
Y no, no siempre tengo esa verdad lista.
Pero me esfuerzo. Porque sé que lo merecen.
Y por eso escribo.
Porque a veces yo no llego…
pero Marta sí. O Pedro.
Porque ellos —mis personajes— pueden decir lo que yo no sé cómo decir.
O lo que ellos no saben cómo escuchar si se lo dice una adulta con tono de “te lo digo por tu bien”.
En mis libros, ellos pueden verse sin sentirse juzgados.
Pueden llorar sin que nadie los mire raro.
Pueden hacer preguntas sin que nadie les dé la respuesta antes de tiempo.
No los entiendo siempre
Y no pretendo hacerme la adolescente para caerles bien.
(Spoiler: eso nunca funciona).
Solo quiero que sepan que estoy cerca.
Aunque no se note. Aunque no me lo pidan.
Aunque estén en fase “no necesito a nadie” y “¿para qué sirve esto?”.
Así que sí:
No me gustan los adolescentes como categoría general.
Pero a los míos los elijo cada día.
Y a los que me cruzo en aulas, charlas, libros o pasillos de colegio… también.
Porque debajo de las ojeras, los cascos y las respuestas cortantes,
hay ganas de que alguien se quede.
Y si yo puedo hacerlo —aunque sea desde una historia inventada—
vale la pena seguir escribiendo.
Vale la pena quedarse cerca.
Y vale la pena repetirlo, aunque no lo parezca:
Me importas.
Te veo.
No me voy.


