Lo que no se toca, no se puede querer

(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)

 

Durante años, yo era poco de signos. Entraba en la iglesia y me sentaba en el banco, sin más. Las genuflexiones, las inclinaciones, los gestos litúrgicos… me parecían una rutina vacía, una repetición sin alma.

 

No es que renegara de ellos, simplemente no les veía sentido. Me centraba en lo interior, en lo que no se ve. En lo que yo creía que era lo importante.

 

Hasta que un día, en Roma (algún día os contaré más de eso), leí una carta de Santa Clara a Santa Inés de Bohemia. En ella, Clara le hablaba de abrazar a Cristo pobre con los brazos de la pobreza, la humildad y la caridad. Decía algo así como:

 
«Abraza a Aquel que está desposado con la castidad, abrazándolo con los brazos de la pobreza.»

 

Entonces comprendí. Pensé en una frase que dice a menudo mi madre: «Lo que no se toca, no se puede querer». Y, de repente, entendí que a Dios también se le puede «tocar». No con las manos, pero sí con el cuerpo. Con esos gestos que había considerado pequeñeces: arrodillarse, hacer una genuflexión, besar un crucifijo, comulgar con devoción.

 

Somos cuerpo y alma. Y el cuerpo también reza, también ama, también honra. ¿Cómo no iban a ser importantes los signos?

 

En una época en la que todo parece volverse más «ligero», más informal, hemos perdido parte de ese lenguaje del cuerpo. Y quizá eso haya vaciado, sin darnos cuenta, muchos de nuestros encuentros con el Señor. Nos da vergüenza arrodillarnos, nos parece excesivo hacer una genuflexión bien hecha, nos incomoda que un sacerdote use sotana o alzacuello… Y sin embargo, esos signos no son trajes antiguos. Son puertas. Son abrazos. Son caricias. Son forma de decir con el cuerpo lo que el alma siente.

 

No se trata de teatralidad. Se trata de coherencia. Si creo que ahí está Dios, ¿cómo no me voy a arrodillar? Si creo que recibo a Cristo en la Eucaristía, ¿cómo no voy a hacerlo con el alma y el cuerpo preparados?

 

Puede que hayamos convertido nuestras Eucaristías en trámites, precisamente porque hemos dejado de «tocar» al Señor. De mostrarle amor también con el cuerpo. Y quizá, sólo quizá, parte de la tibieza venga de ahí.

 

Los signos visibles no sustituyen a la fe, pero la sostienen. Como los abrazos sostienen al amor. Como los anillos recuerdan una alianza. Como el alzacuello indica una entrega.

 

No es estética. Es testimonio. Es gesto. Es humanidad. Es decirle al mundo y a uno mismo: creo, y por eso me arrodillo. Amo, y por eso me postro. Espero, y por eso beso este crucifijo.

 

Y sí, también es un camino para los que están lejos. Porque a veces un gesto visible es lo que despierta una pregunta, un recuerdo, una nostalgia de Dios.

 

Así que, la próxima vez que vayas a Misa, no tengas prisa. Arrodíllate con calma. Haz la genuflexión despacio. Y piensa que quizá, en ese gesto sencillo, estés abrazando a Aquel que nunca ha dejado de amarte.

 

«Abraza a Cristo pobre, hazte pobre por Cristo. Mira al Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres, hecho por ti el más despreciado. Míralo pobre y colocado en el pesebre, míralo en el madero, muriendo en medio de los más crueles tormentos. Y, en la contemplación de estas cosas, olvídate de ti misma.»

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