(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Basado en hechos reales
Hace algún tiempo, mi hija mayor salió a dar una vuelta por el pueblo. Nada grave, nada serio. Pero pasaba el rato… y no volvía. “Un ratito”, había dicho. Un ratito que ya iba por dos horas. Y claro, una parte de mí empezó con el clásico:
“Relájate, Noemí. Tiene 18. Ya es mayor de edad.”
“Las demás madres no montan el numerito.”
“Los hijos de otros salen hasta las tantas y no pasa nada…”
Sí. Todo eso me lo dije.
En bucle.
Pero, aún así, cuando volvió, le solté: —»Oye, te pedí que no tardaras. Y que avisaras».
No fue un drama. No me discutió. No hubo portazo.
Simplemente volvió.
Las dudas de madre
Y luego, ya en mi cabeza, vino el runrún:
“¿Estaré siendo demasiado estricta?”
“¿No debería ceder un poco?”
“¿Estaré sobreprotegiendo?”
Porque vivimos en una sociedad que muchas veces nos hace sentir mal por educar con límites. Como si marcar una norma fuera un síntoma de inseguridad. Como si decir “no” fuese de otra época.
Y no.
Yo tengo casi 50, y todavía meto la pata. Bastante, además.
¿Cómo no van a equivocarse ellos con 18?
Por muy responsables que sean, por muy maduros que parezcan… siguen necesitando guía. Alguien que les ponga el espejo delante. Que les diga “hasta aquí”. Que les recuerde que su libertad no está reñida con el respeto.
No se trata de controlarles la vida, pero sí de acompañarles en ella. Y, a veces, de sujetarles un poquito, aunque a otras madres les parezca exagerado. (Y no pasa nada. Ellas sabrán. Esto no va de culpabilizar a nadie, sino de recordar que cada casa es un mundo… y cada madre, también).
Así que, si alguna vez te asalta la duda de si estás siendo “demasiado…» recuerda esto:
No es “todo el mundo”.
Es tu hijo.
Y tú eres su madre.
No lo olvides.


