(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Arden las redes
Últimamente, las redes han ardido. Un concierto de Coldplay, una cámara indiscreta, un gesto que lo cambia todo… y medio planeta opinando sobre una infidelidad en directo. La del CEO de una gran empresa. Y claro, ¡zas! Escándalo. Reacciones. Juicios. Sentencias. Todo muy siglo XXI.
Pero más allá del caso concreto —que ni quiero alimentar ni juzgar—, me ha hecho pensar.
Porque la vida me ha enseñado algo:
Que lo que somos, no siempre queda definido por lo que hacemos.
Y que cuando nos quedamos solo con un hecho, sin el contexto, sin la historia, sin el corazón… es muy fácil ser injustos. Peligrosamente fácil, de hecho.
¿Eso significa que lo que ha hecho está bien? No. Para nada.
La infidelidad no es solo un error. Es una herida. A veces mortal. Para la pareja, para la familia, para uno mismo.
Y sin embargo… somos humanos.
Y los humanos metemos la pata. A veces un poquito. A veces hasta el fondo.
Nos pasa cuando gritamos a nuestros hijos sin motivo, cuando decimos una “mentirijilla”, cuando reaccionamos mal, cuando damos la espalda, cuando no amamos como deberíamos.
Y aquí es donde entra lo que últimamente más fuerza tiene para mí: La Iglesia es madre. Y las madres no ponen normas por gusto.
No nos apetece limitar pantallas, ni exigir deberes, ni decir «no» a un plan molón. Ponemos normas porque amamos. Porque queremos proteger. Porque sabemos que hay caminos que traen paz… y otros que traen lío.
Y así también, la Iglesia nos dice que la fidelidad es importante.
No por agobiarnos. Sino porque es buena para nosotros. Porque cuida lo que más importa.
Ahora bien.
Los hijos —los de casa y los de Dios— a veces desobedecen.
Y una madre no deja de amar porque su hijo se equivoque.
Puede dolerle. Puede corregir. Pero no deja de amar.
Así es Dios. Así nos mira Jesús. Con una ternura escandalosa.
Con ese “setenta veces siete” que a veces no entendemos, pero que tanto necesitamos.
No. No se trata de justificar lo que está mal.
Ni de mirar para otro lado.
Ni de “aquí no ha pasado nada”.
El hecho es grave, tiene consecuencias, y sí, duele.
Pero… ¿de verdad queremos ser los que tiran la primera piedra?
Quizá, más que piedras, lo que necesitamos son puentes. Para volver. Para sanar. Para entender. Para recomenzar.
Yo, al menos, estoy trabajando en eso.
Porque desde luego, no puedo ser quien tire la primera piedra.


