A fuego lento vuelve.
Y no lo hace por casualidad.
Hace años lo escribí para mi hija. No porque no supiera lo que quería decirle, sino porque no encontraba cómo hacerlo. A veces, las palabras suenan mejor cuando no salen directamente de ti. A veces, lo que no entra por una conversación, entra por una historia.
Ella amaba leer.
Y yo necesitaba llegarle.
Así que escribí.
Después llegaron más adolescentes.
Algunos lo leyeron por gusto, otros por curiosidad, otros… porque alguien se lo puso delante.
Y me fueron contando que algo les había tocado.
Que habían llorado.
O que, de pronto, entendían algo que hasta entonces les parecía lejano: el amor, los errores, los padres, las decisiones.
Ahora el libro vuelve.
Pero no vuelve para ellos.
Vuelve para los padres.
Para los que no saben por dónde empezar.
Para los que sienten que su hijo se les escapa y no saben cómo tender un puente.
Para los que quieren hablar de los móviles, de las prisas,
de lo peligroso que es crecer demasiado rápido… pero no encuentran ni el momento ni las palabras.
Después de los adolescentes, A fuego lento vuelve con otro fin:
ser ese punto de encuentro.
Esa excusa buena.
Esa historia que abre otras historias.
Vuelve para que padres e hijos lo lean y se encuentren entre líneas.
En las dificultades, en los problemas, en las soluciones.
Y quizá, solo quizá, también te toque a ti.
Porque detrás de cada página está eso que todos queremos:
volver a encontrarnos.


