Volver de México ha sido… intenso

(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)

 

Resaca emocional, cansancio físico

 

Yo venía medio febril, con la maleta sin deshacer, el cuerpo diciendo “hasta aquí hemos llegado” y la cabeza todavía aterrizando. Vamos, un cuadro.

 

Abro el armario para colgar un abrigo —intento de vida normal— y me encuentro la barra rota.
Rota desde antes, sí.
Avisada por mis hijas, también.
Pero yo, en ese momento, lo único que pensé fue:

 

“¿En serio? ¿HOY?”

 

Y empieza el pequeño drama:

 

Ahí estoy yo, con frío, con sueño, con las décimas, con la ropa que no sé dónde meter… y buscando en Amazon cómo se llaman esos soportes raros que sujetan las barras de los armarios.
(No vienen en Filología Clásica, aviso).

 

Total, que estoy en pleno momento “por qué a mí, Señor” cuando aparece Juan Pablo.

 

Dieciséis años.
No manitas.
No aficionado al bricolaje.
No especialmente ilusionado con arreglar muebles ajenos.
Pero sí con una cosa importante: mirar.

 

Mira el desastre, me mira a mí —maleta abierta, fiebre y cara de “abandono toda esperanza”— y suelta:

“Mamá, creo que en mi armario hay una barra igual.
No la uso porque tengo baldas.
Si quieres, te la pongo yo.”

 

Qué arte el de este muchacho…

Y yo pensé que sería una frase bonita, un gesto, algo así como “ya lo haremos otro día.

 

Pues no.

 

El chaval se fue directo a su cuarto, sacó un destornillador, desmontó su barra, quitó sus soportes, volvió al mío, retiró mis apliques rotos (ejem), y montó los suyos como si fuese un técnico de IKEA de los buenos.

 

Un rato de tornillos, esfuerzo, concentración y un resultado impecable.

 

En serio: para mí fue la salvación del mundo en versión doméstica.
Porque cuando estás agotada, un gesto así… te recompone.

Y ahí entendí algo que repito mucho, pero que ese día lo vi vivo:

 

El amor se entrena

Se entrena en casa.
En lo pequeño.
En lo que no apetece.
En lo que no se ve.
En lo que nadie aplaude.

 

Se entrena mirando al que tienes al lado y dándote cuenta de que necesita ayuda antes de que te la pida.

 

Juan Pablo no arregló una barra.
Arregló mi día.
Mi cansancio.
Mi sensación de no llegar.
Y, sin saberlo, estaba entrenando justo eso que les hará bien mañana:

 

Cuando tengan pareja, familia, trabajo, responsabilidades… esa capacidad de ver, de sostener, de hacer.

 

Si queremos que amen bien mañana, tenemos que enseñarles a mirar hoy.

 

Porque el amor no es solo sentir. Es aprender a entregar. A estar. A hacer “su parte” cuando toca.

 

Y sí: ver a un hijo entrenando el amor en algo tan simple como una barra de armario… te devuelve la fe en todo.

 

A fuego lento.
Siempre.

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