(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Cuando vivir no es sobrevivir
Mis metas para este año.
Este año no me he hecho una lista interminable de propósitos.
Ni grandes promesas.
Ni frases para convencerme de nada.
Me he hecho cuatro metas.
De las que no quedan espectaculares.
Pero sostienen.
Porque hay una forma de estar en la vida que no es vivir mal…
pero tampoco es vivir bien.
Es sobrevivir
Sobrevivir es levantarte, hacer lo que toca, cumplir con lo imprescindible y no mirar mucho.
No pensar demasiado.
No preguntarte cómo estás, porque igual no te gusta la respuesta.
Que el día pase.
Y mañana, otro.
Y llega un momento en el que te das cuenta de que no quieres seguir ahí.
No porque estés rota.
Sino porque mereces algo más que aguantar.
Por eso mis metas este año no van de hacer más.
Van de cambiar el lugar desde el que vivo.
Volver al centro.
Ordenar el corazón.
Elegirme.
Vivir con sentido.
No como consignas.
Como una misma decisión tomada desde distintos ángulos.
Es dejar de vivir con el piloto de supervivencia encendido.
Es mirar sin anestesia, pero sin machacarme.
Es dejar de pedirme perdón por necesitar espacio, calma o verdad.
Y es intentar —solo intentar— que lo que hago, lo que creo y lo que amo no vayan cada uno por su lado.
Solo un plan
No es un plan brillante.
Es un plan habitable.
No sé cómo se dará el camino.
No tengo el mapa completo.
Pero sí tengo claro desde dónde no quiero seguir viviendo: desde la supervivencia.
No prometo hacerlo todo bien.
Prometo lucharlo.
Y ahora te pregunto a ti, sin frases bonitas ni presión:
¿Tus metas para este año te ayudan a vivir… o solo a sobrevivir un poco más?


