(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Este verano ha sido… distinto
No raro de ciencia ficción, sino raro de esos que te cambian los planes y te obligan a improvisar calendarios. Vamos, un sudoku vital en toda regla.
He tenido que adaptarme a semanas que no eran las de siempre, a días que se encajaban como podían y a turnos que ya no dependen solo de mí. Y aunque al principio me sonaba a caos… también he descubierto que se puede vivir bien así.
Cosas que me llevo:
1. La agenda no manda tanto.
Hay cosas que se mueven, que cambian, que ya no dependen de mí. Y el mundo sigue. Aunque el mío, a ratos, tiemble un poco.
2. Descansar no es tirarse en la hamaca.
Este año ha sido a ratos: sobremesas largas, risas que no estaban previstas, silencios que, por una vez, no molestan. La vida también se recarga así, a sorbos pequeños.
3. La nostalgia escuece, pero se vive.
No me gusta, no voy a disfrazarlo. Escuece. Pero también enseña. Hay que aprender a vivir con ella, sin dejar que te quite las ganas de reírte de lo que sí tienes.
4. Los finales y los principios a veces se dan la mano.
Me he dado cuenta de que el fin de algo a veces coincide con un principio. Y que este verano, raro y todo, ha sido un entrenamiento para el curso que viene: más movimiento, más proyectos, más vida.
Lo que me queda claro
Ha sido un verano raro, sí. Pero raro no significa malo: significa distinto.
Significa que la vida cambia, y que yo también sé cambiar con ella.
Significa que sigo aquí, con mis hijos, con mis proyectos y con esa costumbre mía de reírme hasta de lo que duele.
Y si algo me llevo de este verano es esto: la esperanza también se entrena en vacaciones.


