(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
El Adviento voló
No sé en qué momento ha pasado, pero este Adviento se me ha escapado entre los dedos.
Cuando he querido darme cuenta, ya estaba casi en Navidad.
Como si el calendario hubiera corrido más rápido que yo.
Como si el alma se me hubiera quedado un poco atrás.
Y entonces he pensado en José y María.
Ellos sí que estaban preparados.
Tenían una casa en Nazaret.
Una vida sencilla, ordenada.
Un lugar al que volver.
Y, aun así, el parto los sorprendió lejos, en Belén, en un establo improvisado. Frío. Oscuro. Rodeado de animales… y de todo lo que eso conlleva.
Me imagino a José llegando primero.
Entrando.
Parándose un segundo.
Mirando aquel espacio que no era lo que había soñado para María… ni para el Hijo que estaba a punto de nacer.
Y haciendo lo único que podía hacer.
Barrer un poco.
Mover la paja.
Tapar rendijas.
Intentar que aquel lugar inhóspito se pareciera, aunque fuera mínimamente, a un hogar.
No podía ofrecer un palacio.
No podía cambiar las circunstancias.
Pero podía cuidar.
Si ese hombre de bien pudo hacerlo…
Ni siquiera toda su preparación previa les sirvió en ese momento.
Y, aun así, Dios nació allí.
Y entonces me miro yo.
Mi pobre establo interior.
Un año más con el plumero en la mano, intentando poner orden en un corazón que este año está más cansado, más frío, más descolocado.
Con menos certezas.
Con más silencios.
Con rincones que preferiría no enseñar.
Y, aun así, Dios llega igual.
Porque Dios no busca corazones impecables.
Busca puertas entreabiertas.
Gente que, como José, no huye del desorden, sino que se queda y hace lo que puede con lo que tiene.
Dios no quiso nacer en un palacio para que tú y yo no tengamos tanto miedo de dejarle entrar en la casita real de nuestro corazón.
Tal como está.
Con paja fuera de sitio.
Con frío.
Con cansancio.
Ánimo
Este Adviento quizá nos ha pillado tarde.
Quizá no hemos preparado nada como pensábamos.
Pero todavía estamos a tiempo de lo esencial:
hacer un pequeño espacio,
respirar hondo,
y dejarle entrar.


