(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Se acaba el curso. Y, con él, se cierra una etapa.
No solo para quienes cambian de colegio, terminan una etapa escolar o hacen maletas para empezar algo nuevo. También para mí. Aunque no haya habido exámenes. Aunque no tenga boletín de notas.
Ha sido un año complejo. De esos en los que la vida te descoloca y te toca recolocar. Un año de decisiones no tomadas, pero asumidas. De caminos no elegidos, pero recorridos igualmente. Un año de aceptación, de ajuste, de mirar hacia delante aunque el cuerpo a veces se resista.
No ha sido un camino de rosas. Pero tampoco un valle de lágrimas. Ha tenido sus curvas, sus tramos de niebla… pero también paisajes sorprendentes y compañía inesperada.
Y eso es lo que me queda: la certeza de que, aun en medio de un año difícil, ha habido luz. Ha habido motivos para dar gracias. Personas que han sostenido. Hijos que han reído. Proyectos que han seguido creciendo, incluso cuando yo sentía que me costaba.
Mejor es cumplir siempre
Llego a los «cuarenta y todos» en este punto.
Con una mezcla de cansancio y gratitud. De heridas y de fuerza. Con la sensación de que no estoy donde pensaba… pero quizá sí donde tenía que estar.
Y lo comparto porque sé que no soy la única. Porque sé que hay muchos terminando el curso con una mochila parecida. Con pérdidas, con cambios, con cosas que no salieron como esperaban. Y también con otras que sí. Que salieron mejor. Que sorprendieron para bien.
Por eso, si tú también llegas a este final de curso con el alma algo revuelta… solo te digo: no pasa nada. No estás solo. Hay temporadas así. Y también pasan. Y también enseñan.
Con una frase sencilla, casi como un mantra, que me acompaña desde hace tiempo:
No camino sola
Y eso, en días como estos… lo cambia todo.
Trabajando Esperanza


