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Pablo García es guapo, modelo, influencer… vamos, que si lo ves piensas: “este chico tiene el futuro resuelto entre pasarelas, campañas y likes”. Y sin embargo, ¡zas!, anuncia que entra en el seminario.
Muchos le preguntan: ¿por qué has decidido esto? Y ahí está la clave: no lo ha decidido él. O mejor dicho, la decisión final sí, pero la elección no. Estoy casi segura de que ha intentado huir de esa idea durante mucho tiempo. Porque no es fácil cortar con lo que eres y con lo que te has currado, menos todavía cuando sabes la repercusión mediática que tendrá.
Él llega sin perdir permiso
Me lo imagino aplazando, posponiendo, como Susana, uno de los personajes de A fuego lento, que también daba vueltas y más vueltas antes de reconocer lo evidente. Porque uno puede retrasar mucho las cosas, pero cuando Dios se pone, insiste. Y vaya si insiste.
No llega con carta certificada ni con firma digital. Llega como el amor: sin pedir permiso, sin horarios. Un día descubres que está ahí y ya no puedes ignorarlo.
Eso es lo que veo en Pablo. No un chico que “elige ser cura” porque sí, sino alguien que ha dejado de escapar de una llamada que lo desbordaba… y que, como todo lo verdadero, se hace notar hasta que le dices que sí.
Arden las redes sociales
Y claro, la repercusión mediática ha sido enorme. Sorprende, porque no es lo habitual que “el joven rico” decida seguir al Maestro en vez de marcharse cabizbajo.
Pero también alegra… de una manera profunda, difícil de explicar. Porque, de algún modo, demuestra que Dios sigue actuando en nuestras vidas. Y cuando la realidad carece de toda lógica, solo cabe Él.


