A veces me preguntan: «¿Pero tú cómo lo haces?»
Y yo sonrío. Porque la verdad es que no lo sé. No tengo un manual, ni un superpoder. Solo tengo mi vida. Esta vida mía que va a mil por hora y que, si tuviera cinco manos, igual llegaba a todo… o no. Pero al menos no se me enfriaría el café cada mañana.
Trabajo, hijos, facturas, obras, decisiones, silencios. Correos que no llegan, pagos que no se hacen, clientes que se pierden por el camino y otros que llegan cuando menos te lo esperas. Y en medio de todo eso, escribir. Poner palabras donde a veces hay solo cansancio. Hacer sitio a la belleza incluso en medio del caos.
No es una vida heroica. Es una vida normal, como la de tantas mujeres y hombres que, como yo, cada mañana se levantan y dicen: «Vamos allá, que hoy también hay que vivir».
Lo que sí he descubierto es que se puede ser feliz así. No porque todo sea fácil, ni porque todo salga bien. Sino porque en medio del lío, una encuentra sentido. Una descubre que la vida no es lo que pasa cuando todo está en orden, sino lo que hacemos con lo que hay.
Y, de pronto, sin buscarlo, parece que todo se tambalea bajo tus pies.
Hace poco, en un momento complicado, un sacerdote amigo me dijo algo que se me quedó grabado: «Noemí, el camino es importante, pero el proyecto de Dios no es ese camino. El proyecto de Dios eres tú«.
Y me recordó a mi don Jaime, ese personaje tan sabio de A fuego lento, cuando les dice a los chicos: «Lo importante no es el camino, lo importante es la meta».
Y por eso soy feliz.
Porque pase lo que pase, ese proyecto sigue adelante. No depende de que todo vaya bien. Depende de que yo siga siendo yo. Fiel, caminante, peleona a veces, agradecida otras, con el alma en pie y el café en la mano (aunque frío).
Y a veces lo que hay es un lío monumental. Pero también una sonrisa en la cocina, una mirada cómplice, un mensaje inesperado, una llamada que te saca del bucle, una idea que prende.
Y entonces respiras hondo y dices: gracias.
Porque esta vida no es perfecta, pero es mía. Y la quiero. Aunque a veces duela. Aunque a veces canse. Aunque no me dé tiempo a todo. Aunque me falten manos.
Y quizás ese sea el milagro: que en medio del cansancio, de los retos, de los días en los que todo parece cuesta arriba, aún quede espacio para el amor, para la fe, para la alegría. Para la ESPERANZA. Para seguir adelante.
Y sí, también para reírse un poco de todo. Incluso de los que no pagan. Que de algo hay que reírse.


