¿Mala suerte? Quien sabe…

(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)

 

Buena suerte, mala suerte

Mi padre solía contarnos una historia.


No la voy a contar aquí. La dejo al final, por si te apetece escucharla con calma.


Solo diré esto: habla de lo poco que sabemos cuando juzgamos lo que nos pasa.


Estos días lo he pensado mucho por un gato.


Uno de los gatitos del pueblo se quedó atrapado en un cubo de basura.
Era pequeño. Muy pequeño.
Cuando lo encontraron, llevaba horas con la patita enganchada.


Al principio parecía que no era grave.
Pero a los dos días la patita estaba muerta.
El veterinario no tuvo opción: hubo que amputar.


Tres patas


Si paras la historia ahí, es fácil decir: ¡qué mala suerte!


Pero el gato antes vivía en la calle.
Era uno de esos gatitos callejeros del pueblo, sin calor, sin seguridad, sin nadie.


Ahora vive con mi madre.
Calentito.
Tumbado en el sofá.
Comiendo bien.
Durmiendo a gusto.
Tiene tres patas.
Pero tiene casa.

Y entonces la cabeza hace algo raro.

 

Ahora, pensemos un poco…


¿Fue mala suerte perder la pata?
¿O fue lo que lo sacó de la calle y lo llevó a un lugar seguro?
¿Quién sabe?


A veces miramos nuestra vida así.
Esto fue malo.
Esto fue injusto.
Esto no debería haber pasado.
Y quizá lo fue.
O quizá todavía no sabemos qué demonios fue.


Nos pasa con Dios


Nos enfadamos.
Le discutimos.
Le decimos: esto no era así, esto no tocaba, esto no lo pedí.


Y Él no suele dar explicaciones.
No manda notas de voz.
No aclara el plan.
Solo deja que la historia siga.
No digo que todo tenga sentido.
Ni que todo duela “para algo”.
Ni que haya que tragárselo con una sonrisa.


Digo algo más incómodo: que muchas veces no sabemos leer la jugada completa.
Que juzgamos el capítulo sin saber cómo acaba el libro.


Y que, aunque nos enfademos, aunque no lo entendamos, aunque a veces desconfiemos, Dios —solo Dios— ve más campo que nosotros.


Mi padre lo explicaba con una historia.
Si te apetece escucharla, te la dejo por aquí.

 

Buena suerte.
Mala suerte.
Quién sabe…

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