(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Y encima no luce nada
Voy a decir algo poco popular: educar es un rollo.
No siempre.
Pero muchas veces… sí.
Porque educar no es la foto bonita.
Ni la frase inspiradora.
Ni el “qué bien lo haces” de Instagram.
Educar es repetir.
Volver a repetir.
Y repetir otra vez, pero con menos paciencia.
Es decir “no” cuando estás agotada.
Sostener límites cuando nadie te aplaude.
Ser la madre pesada.
La adulta que no mola.
La que estropea el ambiente.
Los tiempos han cambiado…
Nuestras madres se asomaban a la ventana y sabían perfectamente con quién íbamos.
Miraban la mochila, la cara… y no necesitaban mucho más.
Y no pasó nada.
Porque éramos menores.
Y eran nuestras madres.
Hoy educar sigue siendo eso: mirar, intuir, preguntar, incomodar.
Estar
Aunque canse.
Aunque dé pereza.
Aunque no luzca.
… pero los hijos no tanto
Porque nuestros hijos no han cambiado tanto.
Cambian las modas, los tiempos, el ruido… pero por dentro siguen siendo igual de frágiles.
Igual de inmaduros.
Igual de necesitados de adultos que aguanten.
Educar es un rollo.
Sí.
Porque vas contra corriente.
Porque frenas cuando todo acelera.
Porque incomodas.
Pero no educar sale bastante peor.


