Hay cosas que me superan.
Como eso de que ya no se puedan repartir invitaciones de cumple en clase… no vaya a ser que algún niño se sienta mal por no estar invitado. Perdona… ¿y si no es su amigo? ¿También le tienes que invitar por decreto?
O lo de las notas. En algunos coles ya no hay “5” o “suspendido”, ahora es todo “¡Sigue así!” o “¡Buen trabajo!”. Vamos, que puedes ir cuesta abajo sin frenos, pero con el ánimo por las nubes.
¿Y la frustración pa´ cuando?
Y claro, luego nos extraña que nuestros hijos no sepan tolerar la frustración. Pero si es que no la han probado en su vida.
Nuestros abuelos madrugaban, curraban, callaban y aguantaban carros y carretas. Nuestros padres hacían malabares para llegar a todo. Y nosotros… bueno, nosotros nos quejamos mucho y educamos en modo bufé libre: que elijan, que sientan, que no sufran.
¿Y qué pasa? Que luego se rompen por cualquier cosa.
Y no lo digo con rabia, lo digo con pena. Porque si a los 12 años te hunde que alguien no te mire en clase, ¿qué vas a hacer cuando te deje tu pareja o pierdas un trabajo?
¿Cuál es la responsabilidad de los padres en esto?
Estamos educando niños que se saben únicos, pero no responsables. Que tienen voz, pero no herramientas. Que reclaman derechos, pero no asumen límites.
Y ojo, que no estoy diciendo que volvamos a la letra con sangre entra. Pero un poco de frustración no mata a nadie. Al contrario, te hace fuerte. Te enseña a levantarte. A esperar. A perder y volver a intentarlo.
Porque si no lo aprenden ahora, luego la vida se lo enseñará… y sin anestesia.
Así que no, no todo vale. No todo da igual. Y no, no eres un ogro por decir “no”, o por dejar que se equivoquen. Eres su madre. Su padre. Su educador. Y tienes el deber de prepararlos para un mundo que no va a girar solo porque ellos pataleen.
Aquí seguimos, resistiendo al algodón de azúcar. Y trabajando esperanza. A fuego lento, como debe ser.


