Hace unos días grabé un vídeo hablando sobre la masculinidad. La semana pasada lo he publicado en mis redes sociales.
De cómo el problema no está en ser mujer, sino en los discursos que han intentado vaciar de sentido lo que eso significa.
Hoy me toca hablar de los hombres.
No desde fuera, no como una espectadora crítica, sino como alguien que quiere y necesita ver hombres buenos cerca. Hombres que no se avergüencen de serlo. Hombres que no confundan sensibilidad con blandura, ni firmeza con imposición.
¿Ser hombre está mal? Pues va a ser que NO
Hay un discurso que se cuela por muchas grietas y que está haciendo daño. Un discurso que repite, con distintas formas, que ser hombre está mal. Que el liderazgo es opresión. Que el deseo de proteger es paternalismo. Que la masculinidad es, por defecto, algo de lo que hay que desconfiar. Y muchos adolescentes, muchos jóvenes, están empezando a creerlo.
No. Ser hombre no es un problema.
El problema es que hemos confundido masculinidad con machismo, y libertad con descarte. Y en ese juego, hemos perdido referentes, hemos perdido lenguaje, y a veces, incluso, hemos perdido el valor de nombrar lo bueno cuando lo vemos.
La buena masculinidad no pide perdón por serlo
Ser hombre no es pedir perdón por tener iniciativa, por querer cuidar, por sostener cuando otros flaquean. La masculinidad sana no aplasta, no impone, no grita. Pero tampoco se borra, ni se esconde. Se manifiesta en el compromiso, en la templanza, en el autocontrol, en la valentía. En la capacidad de resistir sin endurecerse, y de ser firme sin dejar de ser tierno.
Hombres que no se disuelven en lo políticamente correcto
Necesitamos hombres. No solo biológicamente. Los necesitamos humanamente, afectivamente, socialmente. Hombres que no tengan miedo de implicarse, de decir que no cuando algo no conviene, de quedarse cuando todos se van. Hombres que sepan mirar con respeto, que sepan amar con cuerpo y alma, y que sepan también renunciar cuando hace falta.
Y claro que no está de moda. Pero es que lo bueno casi nunca lo está. Por eso, cuando aparece, se agradece. Y se recuerda. Y a veces, se reza por encontrarlo.
Ni caricatura, ni blandito sin fondo
Ojalá que los jóvenes no se dejen engañar por las caricaturas. Que no acepten una masculinidad sin espesor ni una virilidad sin virtud. Que se atrevan a ser hombres de verdad. De los que hacen falta. De los que no se esconden.
Porque el mundo necesita hombres buenos.
Y porque nosotras, las mujeres, también los necesitamos.


