La culpa es de Victor Hugo

(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)

 

Mi problema es que me he criado así, con él

Desarrollo:

Puedes estar tomando un café con alguien que te encanta y llevar otras doscientas posibilidades en el bolsillo.

 

Y claro, así no hay quien se enamore. Bastante mérito tiene acordarse de cómo se llama el que tienes enfrente.

El otro día, en #AlgoSobreMí, os contaba que para algunas cosas sigo teniendo quince años. Sobre todo para las historias de amor. A esa edad leía Los miserables y lloraba por las esquinas. Mientras otras suspiraban por el cantante de moda, yo sufría con Jean Valjean. Cada una tenía sus aficiones.

 

Así que imaginad mi cara cuando mis amigas me cuentan cómo está el panorama sentimental.

 

Y no es cosa de una o dos. Hace unos días vi a un tiktoker hablando del «catálogo» de personas que tenemos a nuestra disposición. Curiosamente, yo acababa de utilizar esa misma palabra en un vídeo que publico este jueves. Os lo dejo abajo.

 

O estamos todos viendo lo mismo o el algoritmo ha decidido reunirnos. Que también puede ser.

 

Pero la pregunta es: ¿de verdad estamos buscando a alguien que nos guste o simplemente comprobando si hay alguien que nos guste más?

 

El proceso actual

Conoces a alguien. Te gusta. Te ríes. Estáis a gusto.

 

Pero ¿y si hay alguien mejor?

 

Más guapo, más joven, más divertido, con menos complicaciones, más dinero o unas fotografías estupendas en Instagram.

 

Y seguimos mirando.

 

Porque siempre parece que lo bueno está en la página siguiente.

 

Y, mientras tanto, la persona que tenemos delante empieza a mostrar defectos.

 

Tiene manías. A veces está cansada. No siempre dice lo que queremos escuchar. Incluso puede tener la desagradable costumbre de llevarnos la contraria.

 

Un horror.

 

Con la cantidad de gente disponible, ¿cómo vamos a conformarnos con alguien normal?

 

La paradoja

Lo gracioso es que buscamos a una persona extraordinaria que nos quiera exactamente como somos nosotros. Con nuestras manías, nuestros defectos y nuestras pequeñas miserias.

 

Exigimos la versión premium de los demás, pero nosotros venimos con la suscripción gratuita.

 

Y creo que hay algo más.

 

A ciertas edades, a veces no buscamos solamente otra persona. Buscamos otra vida.

 

Una vida más emocionante, más fácil, más divertida. Sin las rutinas, las obligaciones y los problemas que hemos ido acumulando.

 

Y puede que confundamos a alguien que acabamos de conocer con la promesa de esa vida maravillosa.

 

Lo malo es que las vidas nuevas también tienen lunes, facturas y problemas. Y, sobre todo, que nosotros seguimos siendo los mismos.

 

Qué contrariedad.

 

Pero hay algo de todo esto que me sorprende todavía más: la facilidad para mentir.

 

No entiendo qué necesidad hay de inventarse historias, prometer cosas que no se piensan cumplir o mantener varias opciones abiertas haciendo creer a cada persona que es la única.

 

Si no quieres nada serio, dilo

Si estás conociendo a más gente, dilo.

Si has cambiado de opinión, también.

 

Que no pasa nada por no querer lo mismo. Lo que pasa es que algunas personas parecen quererlo todo.

 

Y luego, cuando las cosas se descubren, llega el perdón.

 

Como si pedir perdón fuera pulsar un botón y devolverlo todo a su estado original.

 

Pues no.

 

Porque al otro lado hay personas que se ilusionan, que confían y que pueden salir bastante dañadas de algo que para otros parece no tener demasiada importancia.

 

No digo que antes se amara mejor. Había mentiras, infidelidades y relaciones espantosas. Pero me pregunto si tener tantas posibilidades no nos estará haciendo perder la capacidad de valorar a quien tenemos delante.

Porque nadie es perfecto.

Ni siquiera nosotros, por mucho que nos cueste admitirlo.

 

Y para conocer de verdad a alguien hay que dedicarle tiempo. No se puede estar continuamente mirando por encima de su hombro, a ver quién viene detrás.

 

No sé qué pensaría Víctor Hugo de todo esto.

 

Probablemente escribiría cinco tomos y nos haría llorar a todos.

 

Yo me conformo con pensar que quizá no es tan difícil encontrar a alguien que merezca la pena.

 

Lo difícil, con doscientas personas en el bolsillo, debe de ser darse cuenta de que ya lo has encontrado.

¿El «catálogo» disponible nos impide ver lo que tenemos delante? Os leo.

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