(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Confía en mi…
Hay una frase que me hace bastante gracia:
—Tienes que confiar en mí.
Ah, vale.
No sabía que era una instrucción.
Como aceptar cookies.
Le das a aceptar y ya está. Confianza restaurada.
Pues no.
La confianza, cuando funciona, es comodísima. Te dicen una cosa y tú simplemente te la crees.
No investigas. No compruebas. No necesitas una captura de pantalla, dos testigos y un acta notarial.
Qué descanso.
El problema es cuando descubres que algo que dabas por cierto no lo era.
Porque entonces aparece el famoso:
¿Y si…?
¿Y si esto tampoco?
¿Y si aquella vez?
¿Y si ahora sí me está diciendo la verdad?
Fenomenal.
Antes tenías una relación. Ahora tienes una auditoría.
Y sin Excel, que por lo menos ayudaría…
Mentiras con patas cortas
Claro que no todas las mentiras son iguales.
Tu hijo puede decirte que ha estudiado mientras el libro lleva ocho horas exactamente en la misma posición.
Una amiga puede contar algo que no debía.
Todos podemos meter la pata.
Pero mantener una mentira durante semanas o meses es otra cosa. Hay que recordar qué dijiste, cuándo, a quién y qué cuentas ahora para que siga cuadrando.
Eso ya no es mentir. Es gestión de proyectos.
Y creo que ahí está buena parte de la diferencia.
No es lo mismo equivocarte una vez que tener un montón de oportunidades para parar y seguir.
Y luego está otra cosa que tendemos a mezclar:
Perdonar y volver a confiar
Yo puedo perdonarte y no volver a contarte un secreto en mi vida.
Perfectamente.
Te quiero mucho. Te deseo todo lo mejor. Espero que seas tremendamente feliz.
Pero la receta de las croquetas ya no sale de aquí.
Y no pasa nada.
Entonces, ¿se puede recuperar la confianza?
A veces sí.
Y creo que también hay que aceptar algo bastante menos bonito: a veces no.
Porque hay errores que dejan una grieta.
Y hay otros que directamente cambian lo que sabes de esa persona.
No es lo mismo descubrir que alguien te ha mentido una vez que descubrir que, mientras tú confiabas tranquilamente, llevaba meses administrando dos realidades distintas.
Ahí el problema ya no es:
—¿Me estará diciendo la verdad ahora?
Es bastante peor:
—¿Cómo sé cuándo me la dice?
Y quizá haya relaciones capaces de volver de ahí.
Otras no.
Podrás perdonar.
Dejar de estar enfadado.
Incluso llegar a entender los motivos.
Pero confiar, eso no siempre vuelve.
La confianza es muy frágil
Supongo que tenemos poco cuidado con la confianza porque, mientras está, parece gratis.
Hasta que la rompemos.
Y entonces descubrimos que volver a conseguir algo tan sencillo como que alguien te crea puede ser dificilísimo.
O imposible.
Así que quizá deberíamos tener un poquito más de cuidado con la confianza que alguien pone en nosotros.
Porque hasta que la rompes parece una cosa bastante resistente.
Y resulta que no.
Algunas tienen arreglo.
Otras no tienen botón de reinicio.
Ni posibilidad de «aceptar cookies».
Ni, por desgracia, Ctrl+Z.
¿Existen muchas formas de «querer»? ¿Qué opinas?


