(Tiempo de lectura: 2 sorbitos de café)
Mudanzas de todo tipo
Esta vez de verdad.
El pequeño detalle es que mi casa todavía no tiene demasiada pinta de casa. Tiene más bien pinta de almacén cutre de una empresa de reformas.
Hay cajas. Herramientas. Cosas apoyadas contra las paredes. Cosas que no sé qué son y otras que sé perfectamente qué son, pero no tengo ni idea de dónde meter.
Y polvo.
Muchísimo polvo.
Además, el polvo de obra tiene una característica maravillosa: es inmortal.
Limpias.
Te giras.
Ha vuelto.
Los muebles
En cuanto a muebles, tengo los justos.
Mi casa ideal, sin embargo, está perfectamente terminada. Sé dónde quiero cada mueble, las lámparas, las estanterías, los cuadros… Lo tengo todo bastante claro.
El problema es que esa casa solo existe, de momento, en mi cabeza. Y mi cabeza maneja un presupuesto sensiblemente superior al de mi cuenta corriente.
Así que aquí estamos.
Viviendo entre cajas, polvo y un montón de cosas que ya llegarán.
Y lo curioso es que, aun así, ya es casa.
No porque esté bonita. No lo está. Ahora mismo está bastante cutre.
Es mi hogar
Es casa porque mis hijos entran y salen.
Porque alguien pregunta qué hay de cena. Una pregunta bastante optimista teniendo en cuenta las opciones actuales.
Porque aparecen vasos donde no deberían.
Porque trabajamos, discutimos, nos reímos, nos enfadamos y al rato alguien necesita un cargador y nadie sabe dónde está.
Lo normal.
Durante muchísimo tiempo he hablado de “cuando esté la casa”.
Cuando terminen la obra.
Cuando nos mudemos.
Cuando esté todo colocado.
Cuando tenga los muebles.
Cuando deje de haber polvo hasta en sitios en los que físicamente no debería poder entrar el polvo.
Pues resulta que la casa todavía no está.
Pero nosotros sí.
Y eso me hace gracia. Porque yo pensaba que habría un momento concreto en el que todo estaría terminado y podría decir: «Ya está. Por fin». Y no. No ha habido ningún momento cinematográfico.
He ido entrando con bolsas, niños, cajas, problemas, compras pendientes y cosas que todavía no funcionan como deberían.
Y en algún momento, sin darme demasiada cuenta, he dejado de estar esperando para vivir aquí.
Estoy viviendo aquí
Eso sí, tampoco vamos a convertir esto en una defensa del minimalismo porque no.
Yo quiero mi sofá. Quiero mis muebles. Quiero mis lámparas. Quiero abrir una caja y saber qué demonios hay dentro. Y, sobre todo, quiero limpiar algo y que permanezca limpio más de siete minutos.
No he abrazado el minimalismo.
He abrazado la falta de presupuesto.
Que se parece bastante… pero sale mucho más barato.
Ahora las etapas vitales se llaman «eras»… Lo de toda la vida pero con conceptos fashion. Suscríbete hoy.


